Hamnet (Reino Unido/Estados Unidos/2025). Duración: 125 minutos. Dirección: Chloé Zhao. Guion: Chloé Zhao, Maggie O’Farrell. Fotografía: Lukasz Zal. Edición: Chloé Zhao, Affonso Gonçalves. Elenco: Jessie Buckley, Paul Mescal, Emily Watson, Joe Alwyn, David Wilmot, Bodhi Rae Breathnach, Jacobi Jupe, Olivia Lynes. Distribuidora: UIP (Universal / Focus).
Vamos a poner las cosas en claro: no me interesan los premios ni las candidaturas a la hora de hacer críticas; no son parámetro para mí. Que Chloé Zhao ya haya ganado un Óscar con Nomadland, o que Hamnet esté en carrera con varias nominaciones, no corre el eje del análisis: ni lo mejora, ni lo empeora, ni lo modifica.
Hamnet parte de un hecho histórico concreto: la muerte del hijo de William Shakespeare y Agnes en 1596, a los once años, víctima de la peste. A partir de ese dato, la novela de Maggie O’Farrell construye una historia profundamente humana, íntima y doméstica, que se aleja del mito para concentrarse en lo cotidiano: la vida familiar, la maternidad, el vínculo de pareja, la fragilidad emocional y el impacto devastador de la pérdida.
Esa mirada es trasladada al cine con una sensibilidad notable por Chloé Zhao, quien no solo dirige sino que también coescribe el guion junto a la propia autora del libro. La adaptación no busca calcar la estructura literaria, sino traducir su espíritu al lenguaje cinematográfico. Y ahí está uno de los grandes aciertos del film: no hay solemnidad impostada ni reconstrucción de época como exhibición estética, sino una puesta en escena contenida, orgánica, emocionalmente honesta.

La película respira intimidad desde su primer plano. El relato nunca se apoya en la figura del genio literario como centro simbólico. William Shakespeare no es Shakespeare: es apenas Will, un hombre atravesado por el dolor, por la pérdida, por la imposibilidad de comprender lo irreversible. El foco está puesto en Agnes, en su experiencia del duelo, en su cuerpo, en su silencio, en su manera de habitar el dolor. Esa decisión narrativa corre el eje del relato hacia lo humano, lo vulnerable, lo esencial.
Hamnet construye su potencia desde lo mínimo. No hay golpes bajos, no hay discursos explicativos, no hay subrayados emocionales. Hay gestos, miradas, silencios, pequeños rituales cotidianos que van armando una experiencia sensorial profunda. Zhao entiende que el duelo no necesita grandilocuencia: necesita tiempo, espacio y respiración.
Narrativamente, la película opta por una estructura más ordenada y lineal que la del libro, una elección que vuelve el relato más accesible sin perder complejidad. Esa organización permite que el drama se despliegue con claridad, sin fragmentación ni artificio, sosteniendo un pulso emocional constante que nunca se rompe.

El elenco es una de las grandes columnas del film. Jessie Buckley construye una Agnes de una intensidad contenida, poderosa, magnética, atravesada por una energía vital que choca de frente con la tragedia. Su actuación nunca cae en la exageración: todo está contenido, trabajado desde lo interno, desde lo físico, desde lo silencioso. Paul Mescal, como Will, compone un padre y esposo frágil, vulnerable, contenido, sin heroísmos ni gestos épicos.
A su alrededor, Emily Watson, Joe Alwyn, Jacobi Jupe, Olivia Lynes, Justine Mitchell, David Wilmot, Louisa Harland, Freya Hannan-Mills, Bodhi Rae Breathnach y Noah Jupe completan un reparto impecablemente elegido, donde cada personaje tiene presencia, peso y sentido narrativo. No hay figuración decorativa: cada cuerpo en escena suma densidad emocional y textura dramática al relato.
En el plano técnico, la película alcanza un nivel altísimo de coherencia estética. La dirección de Chloé Zhao mantiene un equilibrio fino entre contemplación y narrativa, sin caer en la lentitud vacía ni en el preciosismo formal. La cámara observa, acompaña y respeta.
Fotografía de Łukasz Żal construye una atmósfera donde los planos íntimos conviven con paisajes abiertos que amplifican la sensación de vacío, de pérdida y de trascendencia. La luz natural, los colores apagados y la composición de los encuadres refuerzan la dimensión emocional del relato, edición de Chloé Zhao y Affonso Gonçalves respeta los tiempos internos de la historia, permite que las escenas respiren, que los silencios se expandan, que las emociones maduren sin ser empujadas. No hay apuro narrativo ni montaje ansioso: hay confianza en el material. Música de Max Richter acompaña con extrema sutileza. No manipula, no invade, no subraya. Funciona como una capa emocional que sostiene la experiencia sin imponerse, potenciando lo que ya está en la imagen.
Hamnet es cine muy bien hecho. El traslado del libro al guion cinematográfico es perfecto. Cada plano, cada gesto y cada pausa construyen una película redonda, que termina honrando al libro.